Las matemáticas no llegaron a mi vida como fórmulas que memorizar, sino como una forma de mirar el mundo. Esta es la historia de cómo ese descubrimiento se convirtió en mi vocación, y de por qué hoy enseño que las matemáticas se viven todos los días.
Comprender, no memorizar
Desde muy pronto entendí que había dos maneras de acercarse a las matemáticas: repetir procedimientos sin sentido, o comprender por qué las cosas funcionan como funcionan. La segunda me atrapó para siempre.
Esa distinción, que parece pequeña, marcó todo lo que vino después. Estudié la Licenciatura en Matemáticas en la Facultad de Ciencias de la UNAM, donde me enamoré de la geometría euclidiana, el álgebra y la teoría de gráficas. No me interesaban los resultados por sí mismos, sino la estructura elegante que había detrás, es decir, la idea de que una cosa complicada, bien entendida, se vuelve simple.
Un giro inesperado: de los números a los símbolos
Podría haberme quedado en el terreno puro de las matemáticas, pero sentí curiosidad por algo más profundo: ¿de dónde vienen las ideas matemáticas? ¿Qué significan más allá del papel? Esa pregunta me llevó por un camino un tanto inusual.
Hice una Maestría en Filosofía de la Ciencia y, más tarde, un Doctorado en Historia de la Ciencia. En ambos me encontré con Giordano Bruno, que terminó siendo mi autor más leído. Me fascinó cómo usaba emblemas, imágenes y símbolos para transmitir conocimiento: recuperé los valores simbólicos de sus textos para ofrecer una interpretación nueva y más rica, y mostré el valor epistémico que tienen esas imágenes en su obra.
Ese recorrido —de la geometría a la filosofía y la historia— me enseñó algo que hoy está en el centro de mi forma de enseñar: las matemáticas son también un lenguaje, una cultura y una manera de pensar, no solo una herramienta de cálculo.
Biblioteca Central, Ciudad Universitaria. Fotografía: Milton Martínez
Mi filosofía como docente
Cuando entré al aula, todo ese camino tomó sentido. Comprendí que mi trabajo no era llenar cabezas de algoritmos, sino acompañar a cada persona a comprender. Por eso me enfoco en los aprendizajes significativos: prefiero que un estudiante entienda de dónde sale una fórmula a que la memorice sin saber por qué.
He enseñado desde primaria hasta licenciatura, y en cada nivel he confirmado lo mismo: cuando alguien comprende, deja de tenerle miedo a las matemáticas. Ahí es donde ocurre la verdadera transformación.
Matemáticas para la vida no es solo el nombre de mi proyecto. Es mi convicción de que las ideas abstractas, bien enseñadas, sirven para pensar mejor y vivir mejor.
Quién soy, más allá del pizarrón
Además de docente, soy autora, investigadora y una eterna curiosa. Me gusta tender puentes entre disciplinas: entre la matemática y la filosofía, entre el rigor y la imaginación, entre lo que se calcula y lo que se interpreta. Creo que enseñar es, en el fondo, un acto de generosidad en el que compartimos una forma de ver el mundo.
Si quieres conocer más sobre mi formación, mis libros o mi trabajo, con gusto seguimos la conversación.